Sans téléphones portables
Cada año, cuando llega el 8 de marzo, reaparece la misma incomodidad con la pregunta que flota en el ambiente: ¿entonces se felicita o no se felicita? Me parece hasta divertido esa mortificación colectiva de ya no saber dónde estamos parados. Pero no es el punto. Lo importante es que el feminismo vuelve a la conversación pública y, con él, la sensación para algunos de que se trata de una causa exagerada, radical o innecesaria; como si fuera un grupo pequeño gritando demasiado fuerte o una minoría ruidosa ocupando las calles por un día.
Pero hay un pequeño problema con esa narrativa: las mujeres no somos una minoría. Somos la mitad de la población del planeta. La mitad. Y esa mitad ha parido, literalmente, a la humanidad entera. Resulta difícil entender cómo la mitad que dio origen a la otra mitad terminó tratada como ciudadanía secundaria, como apéndice, como si fuera una categoría especial y no la norma compartida.
Simone de Beauvoir escribió en El segundo sexo (1949): “No se nace mujer: se llega a serlo”. Con esa frase desmontó siglos de supuesta obviedad: que el lugar de las mujeres era natural, biológico, inevitable. Mostró algo más inquietante: que gran parte de lo que llamamos “natural” es una construcción repetida hasta volverse invisible. Décadas después, Judith Butler escribió en Gender Trouble (1990) que el género es una práctica reiterada dentro de normas que parecen naturales precisamente porque se repiten. Cuando una idea se repite durante siglos termina pareciendo sentido común, pero eso no lo convierte en verdad.
La historia mexicana es un buen ejemplo de esto. Mucho antes de que existiera la palabra feminismo, ya había mujeres enfrentando ese orden. Ahí está Malintzin, convertida en símbolo de traición nacional, cuando en realidad era una mujer indígena y pobre en el siglo XVI que no le debía lealtad a un entorno que la había convertido en mercancía. Dentro de su margen mínimo de libertad, se convirtió en una estratega extraordinaria en condiciones brutales.
Siglos después aparece Sor Juana Inés de la Cruz cuestionando: “¿Quién ha prohibido a las mujeres los estudios?”. En una época de negación, debatió teología y filosofía con las mentes más influyentes. Su mente resultaba excesiva para su tiempo y fue obligada a abandonar la escritura no por estar equivocada, sino por ser demasiado brillante para el mundo que la rodeaba.
En la Independencia surge Leona Vicario, no como figura decorativa, sino como financista y organizadora. Cuando intentaron reducir su participación a un asunto sentimental, ella respondió con firmeza en 1831: “Confiese usted que no solo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres”. Desmontó así la vieja estrategia de explicar la acción política femenina como un simple asunto del corazón.
Ya en el México posrevolucionario, Antonieta Rivas Mercado alteró el tablero al decidir dónde poner su dinero y sus ideas, marcando el rumbo de proyectos artísticos y políticos. Finalmente, Rosario Castellanos lo dijo sin maquillaje en el siglo XX: “La cultura es un privilegio masculino” y “el problema de la mujer siempre ha sido un problema de poder”. Poder de existir sin pedir permiso.
Estas mujeres no son excepciones decorativas, son grietas en una estructura inamovible. Sin embargo, cuando una mujer rompe el molde, la cultura suele recurrir a dos categorías: si piensa demasiado, está loca; si vive con demasiada libertad, es una puta. Estas etiquetas fabrican una sospecha, transformando la autonomía en escándalo. No se trata de convertirlas en santas; tuvieron errores y contradicciones como cualquier persona, pero lo revelador es que esos aspectos se usen para disminuir su obra, algo que rara vez se hace con los hombres.
Hay que admitir que no solo los hombres han sostenido este esquema. Durante generaciones, muchas mujeres enseñaron a otras a sobrevivir dentro de él bajo la premisa de “calladita te ves más bonita”. Esa frase no es ternura, es una estrategia de supervivencia. Quizá por eso el feminismo incomoda: porque obliga a mirar que lo que parecía natural era simplemente una costumbre prolongada y nos recuerda que libertades como tener dinero propio, votar o elegir una profesión no siempre estuvieron ahí.
Los derechos conquistados no están grabados en piedra; requieren defensa constante. Sería ingenuo pensar que el progreso es lineal, pero tampoco estamos en el mismo punto que hace quinientos años. Hoy existe una conciencia social extendida, redes globales y generaciones jóvenes que cuestionan lo que antes ni se nombraba. Además, la participación económica de las mujeres ya no es una concesión, es una realidad material inevitable.
No todo es progreso imparable, pero tampoco es oscuridad; es tensión. La historia no tiene destino, tiene fuerzas en disputa. Quizá no todas quieran llamarse feministas, pero muchas de las vidas que hoy podemos vivir existen gracias a esas luchas.
No somos machas. Somos muchas.
Martha Gallardo estudió filosofía y después psicología. Ahora cursa un máster en Psicología Clínica y Cognitivo-Conductual. Le obsesiona la historia (sobre todo la arqueología), el arte y la psicología. No cree demasiado en las respuestas definitivas; más bien sospecha de quien las ofrece.
*Beauvoir, S. de. (1949). Le deuxième sexe. Gallimard.
(Edición en español común:)
Beauvoir, S. de. (2011). El segundo sexo (Trad. P. Vázquez). Cátedra. (Obra original publicada en 1949).
**Butler, J. (1990). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. Routledge.
***Juana Inés de la Cruz, S. (1691). Respuesta a Sor Filotea de la Cruz.
(Edición moderna recomendada:)
****Juana Inés de la Cruz, S. (2010). Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (Ed. crítica). Fondo de Cultura Económica. (Obra original
publicada en 1691).*****Vicario, L. (1831). Carta a Lucas Alamán.
(Edición moderna recomendada:)
Vicario, L. (2009). Escritos y testimonios. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México.
*****Castellanos, R. (1973). Mujer que sabe latín…. Fondo de Cultura Económica.
******Castellanos, R. (1971). El eterno femenino. Joaquín Mortiz.