¡La Voz de la Igualdad!
En 1910 inició un proceso revolucionario que detonó la violencia por tres décadas. En la vorágine hubo tantolevantamientos legítimos como golpes de Estado y una guerra de carácter religioso. Hombres fuertes que en dos o tres años pasaban a ser parte de la historia o a ocupar una tumba en algún olvidado cementerio. No faltó el que de joven se inmortalizó en la fotografía del pelotón que fusiló a Maximiliano y de viejo terminó traicionando a Madero y, años después, con una cara horrible en los periódicos que reportaban su muerte.
Magnicidios y traiciones menudearon durante esos años y, de no ser por Venustiano Carranza y su idea de una reforma constitucional, es muy probable que el movimiento hubiera terminado en un espectacular fiasco. Uno de tantos hechos de sangre lo protagonizó, como víctima, el Manco de Celaya, aquel sonorense de prodigiosa memoria que mandó al otro mundo a Carranza, su querido jefe, y a un buen número de compañeros de armas. Resulta que en un lugar llamado “La Bombilla” le pegaron de tiros. Mal asunto y peor si recordamos que era el presidente electo. A su cuate Plutarco Elías Calles, al cual no faltó una mente perversa que lo señalara como responsable, se le ocurrió una salida magistral para resolver el problema de la sucesión: un partido político donde cupieran todos los revolucionarios.
Ese maestro, ateo y de mirada torva, inauguró el periodo llamado Maximato. Él procuraba que los medios y los políticos le llamaran “Jefe Máximo” y su mano se sentía en la administración pública y en los gobiernos locales. Si bien la idea del partido dio un nuevo rumbo al país, el angelito no se quedó con las ganas de mandar e impuso cuatro presidentes seguidos. Dos de ellos bastante gatos, uno más que no le aguantó y otro que lo puso, con todo y liachos, en Estados Unidos. El último de ellos fue Lázaro Cárdenas, un militar no muy bueno en las batallas, con mucha suerte, bastante enamorado, pero, sobre todo, un patriota y con idea del mundo y de lo importante para la patria en el contexto que se vivía.
Pascual Ortiz Rubio, tratado injustamente por la historia, fue el segundo de esos presidentes. Intelectual y revolucionario, había sido diputado y gobernador. Sin embargo, su apariencia inofensiva era solo eso y, cansado de los desplantes de Calles y sus gatos, renunció a la presidencia en un acto de extrema dignidad. No podía competir con la fuerza de su antecesor, pero su gesto agudizó las contradicciones y preparó el camino para que, dos años después, el de Jiquilpan cambiara el rumbo de la historia.
Calles no entendió que los procesos históricos no giran alrededor de una persona. La historia la hacen los pueblos y las ideas son la vanguardia de los cambios. Cárdenas, en cambio, actuó de manera distinta y por eso pasó a la historia como un buen presidente. El “turco” se excedió en su poder metatemporal y para ello usó al partido recién formado;traicionó la esencia de este por una ambición personal y por ello pagó las consecuencias.
El análisis de la historia es el de las evidencias, y lo sucedido en aquellos años tiene múltiples fuentes que lo demuestran. Que un expresidente influya en la vida nacional después de su mandato tiene varios antecedentes; en ninguno de aquellos casos el mandatario era mujer; por eso, lo podemos analizar sin ser acusados de violencia de género.