Hola Paisano
Estratega en Consciencia y Responsabilidad Digital
Vivimos en un entorno digital en la que nuestros ojos han dejado de ser testigos confiables de la realidad. Durante generaciones la máxima "ver es creer" funcionó. Si un video mostraba a una persona dando un soborno, confesando un fraude o alguien pidiendo ayuda desesperada, la duda apenas tenía espacio.
Hoy, ese cimiento se ha desmoronado, la Inteligencia Artificial (IA) ha generalizado la falsificación hasta extremos insospechados, convirtiendo la mentira audiovisual en un producto industrial, masivo y accesible para cualquiera con una computadora y conexión a internet.
Los deepfakes: llamadas, mensajes, audios, imágenes y videos manipulados para suplantar identidades con precisión quirúrgica, ya no son una curiosidad técnica de efectos especiales. Son una herramienta que opera en el anonimato de las redes sociales.
Lo inquietante no es solo la sofisticación de la tecnología, sino la velocidad con la que nuestra capacidad colectiva para diferenciar entre lo real y lo ficticio ha quedado rezagada.
Un ejemplo, en el sector financiero y corporativo, las estafas basadas en la suplantación de voz e imagen han dejado de pertenecer a la ciencia ficción. En Hong Kong, un empleado de una multinacional transfirió el equivalente a 25 millones de dólares tras participar en una videoconferencia, donde sus superiores, con rostros y voces idénticas a las reales, le dieron la orden para hacer la transacción.
No era una videoconferencia común, era un engaño con fragmentos de audio y video extraídos de intervenciones públicas previas. La tecnología no hackeó un servidor de seguridad, hackeó la confianza humana más básica: reconocer a quien conocemos, a través de falsas identidades, haciendo uso de una carga emocional y de autoridad.
En el terreno político y social, el impacto o el riesgo es grave. Cuando cualquier ciudadano puede descartar un escándalo real bajo el argumento de que "podría ser deepfake” o cuando un candidato puede ser destruido antes de unas elecciones con un video fabricado que tardará días en ser desmentido oficialmente, el sistema entra en una parálisis de credibilidad.
Es así que la mentira viaja más rápido que la verificación, por lo que todos los días se lucha contra una gran cantidad de engaños hiperrealistas.
Frente a este panorama, la respuesta suele ser reactiva: buscar marcas de agua digitales o confiar en algoritmos de detección que envejecen tan pronto como nacen.
Pero todo empieza en la prevención, en arraigar una cultural digital, donde el conocimiento sobre qué es y cómo detectar un deepfake y demás riesgos sean una prioridad, para hacer frente a la simulación de identidades. Te comparto algunas señales que publica BBVA para identificarlas:
Al final, la tecnología va a seguir avanzando y los videos falsos se van a ver cada vez más reales. El problema no es qué tan perfecto sea el engaño, sino a qué velocidad estamos renunciando a dudar.
No necesitamos convertirnos en expertos en ciberseguridad ni vivir con miedo de las pantallas. Solo hace falta asumir nuevos hábitos, algunos muy sencillos: respirar un segundo, antes de creernos todo lo que vemos; frenar el impulso de compartir por la emoción del momento y aceptar que está bien el no tener la certeza inmediata.
Porque si dejamos de cuestionar lo que nos exponen las pantallas, lo único que se va a derrumbar es nuestra capacidad de reconocer la realidad.
---000---
Sígueme en:
| Nahima Spinoso, ClickConsciente | |
| nahima.spinoso, clickconsciente.mx | |
| TikTok | @nahima.spinoso |
| X | Click Consciente |




